Se toca la pelada, agarra la pelota y la pone en el punto del penal. La ilusión de un barrio y de una camiseta pende de su pie, de esa pegada capaz de tocar la red para que Vélez se meta en la final de la Copa Libertadores. El pelado camina y mira, respira y piensa y siente el golpe de su caída –en el alma– por el resbalón y ese remate que sale a cualquier parte mientras el arquero de Peñarol levanta los brazos; Sebastián Sosa, el uruguayo que ahora comparte entrenamientos y hoteles y sueños. Ese que también lo carga por aquel episodio del que Silva se hizo cargo: “Perdimos por un error mío”, contaba el goleador, ese que esta noche se dará el gran gusto de volver a jugar la Copa y cumplir con el deseo de ponerse, de una vez, la camiseta de Boca.

Inquieto, el pelado se mueve de un lado para otro. Pasa su mano por la cara, se toca la cabeza, habla y gira. Un signo de ansiedad habitual en él, pero que se potencia por un estado natural desde su llegada a La Boca. “Estoy ansioso desde que Boca jugó contra Olimpo. Voy a usar la número 19, la que quedó, porque a mí me gusta respetar a los que están”, apunta previo a su debut frente al Zamora de Venezuela, en la única competencia donde podrá jugar al menos en este primer semestre.