Hay límites que jamás deberían cruzarse, marcados por una suerte de línea divisoria invisible que separa a la violencia asimilable de la crueldad incalificable. Sin embargo, en el último tiempo, ese límite parecería ser cada vez más difuso: el 22 de agosto, Candela Sol Rodríguez, de once años, fue secuestrada durante nueve días y asesinada; y en la última semana Tomás Damero Santillán, de nueve años, fue asesinado a golpes en Lincoln; Gastón Bustamante, de doce, asfixiado en un episodio todavía no esclarecido en Miramar; Keila Geraldine Rojas, de tres años, violada y asesinada a golpes; Estela Soledad Sena, de cinco, también fue violada y asesinada. Hechos variados que tienen un factor común: la violencia ya no tiene miramientos con los niños.

“No hay nada sagrado, intocable; todo sujeto puede ser violentado en una sociedad que se caracteriza en este momento por ser muy violenta –explica la psicóloga Mirta Videla, especialista en maternidad y familia–. Antes estaba la idea de “los niños primero, los niños no se tocan”, todo ese eslogan que hacía intocable a un chico. Pero lo que está pasando demuestra que no es así. Un hombre se puede vengar de un conflicto amoroso matando a un niño, los narcotraficantes pueden vengarse a través de una niña porque eso afecta más, es un arma más filosa, más dañina, más certera”. La directora ejecutiva del Comité de Seguimiento y Aplicación de la Convención por los Derechos del Niño, Nora Schulman, coincide: “En este momento, el chico está mucho más indefenso. Está expuesto y muy vulnerable a sufrir episodios de violencia por parte de los adultos. Se rompieron códigos. Hay nuevos delitos que tienen que ver con el abuso de sustancias o el narcotráfico, donde no se respetan los viejos códigos: un ladrón experimentado no te mataba a un tipo o a un chico nunca. Con estos nuevos delitos, especialmente los vinculados con el narcotráfico, suceden estas cosas: mato a un chico, a un adulto, lo que sea. Es una nueva manifestación de delitos y me parece bastante serio”, concluye.

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