Por Denise Tempone

El 24 de diciembre no debería existir para nosotros. Hay dos fechas clave en nuestro calendario: el Día de la Madre y la Navidad", dice con congoja y resignación Alejandra Galzerano, fundadora y directora del Hogar La Casona de los Barriletes. "El 31 lo pasamos bien, pero el 24 está establecido por los medios y por la historia como algo familiar. Es un momento donde se representa para los chicos más intensamente la ausencia de los padres, se les pone frente a su cara todo lo que no tienen, lo que no les tocó. A través de la publicidad, del discurso general, la gente no se da cuenta, pero eso puede ser muy violento", explica. Alejandra sabe bien de lo que habla. En 1996 ella fundó este hogar de menores que aloja a casi dos docenas de varones entre 10 y 18 años con familias ausentes. Y desde entonces vive de cerca la cara más triste de la Navidad. "Ya para estas fechas los chicos se ponen bastante locos, más violentos que de costumbre, les brota el enojo, la bronca de todo lo que no les toco. Tienen una angustia muy fuerte que sale y que a veces no saben cómo manejar, llegamos a tener incluso intentos de suicidio", confiesa. Por eso en La Casona de los Barriletes, como en los miles de hogares que existen en el país, la noche del 24 no es una celebración, sino un obstáculo a superar de la mejor manera posible.

HISTORIAS. No es el único inconveniente, por supuesto. Esos chicos que hoy se sientan ahí, en la mesa con pan dulce y platos navideños típicos junto a Alejandra, ya tuvieron que sobreponerse a los karmas más duros. Luis es uno de los cuatro egresados de colegio secundario que tuvo el hogar. Sólo cuatro en quince años. "Es difícil que ellos tengan la constancia y la concentración para estudiar. No son vagos, es sólo que la escuela no está pensada para ellos y termina por expulsarlos. ¿Qué le importa a un chico que sufrió lo que sufrió Luis dónde queda Egipto?", se pregunta su tutora. Luis llegó a los 12 años a La Casona. Pesaba 26 kilos. La culpa no la tenía la crisis ni la desocupación, sino la desidia. Sus padres no lo alimentaban. Tomó varios años que él pudiera reconstituir su cuerpo. El sentirse acompañado lo llevó también a restablecer su modo de pensar. Y desafió todos los límites, no sólo terminando el secundario, sino también ingresando a la facultad para estudiar Economía y armando poco a poco su propia familia. Pero él es un caso ideal y nada frecuente. En vísperas de la noche de Navidad, Alejandra se lamenta por el episodio de uno de sus chicos. Matías llegó a ella gracias a un abuelo que no quiso hacerse cargo de él luego de la muerte de sus padres y aunque realizó los talleres, se sometió a terapia y acató las reglas del hogar, un reciente brote psicótico lo mandó directo a un instituto psiquiátrico infantil. "No importa qué tanto hagamos e intentemos, a veces la angustia puede aparecer de las maneras más extrañas", asegura.

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