La realidad histórica, se sabe, es objeto de permanentes y desencontradas interpretaciones. Litigios interminables han recorrido, y lo seguirán haciendo, la travesía de nuestro país exacerbándose, esos conflictos, en las épocas en las que la problemática del pasado escapa de los límites de la vida académica para estallar, con toda su virulencia, en el seno de un presente atravesado por nuevos desafíos que impiden, precisamente, que el relato de la historia, aquello que tiene que ver con las marcas decisorias y con las opacidades del comienzo (que se vuelve “origen” cuando adviene un relato legitimador poderosamente establecido en la escena nacional), se refugie en la calma del gabinete de trabajo del historiador. Señalar las diferencias y las rupturas, hacer eje en las continuidades o en las discontinuidades, establecer ciertas genealogías en detrimento de otras, priorizar tal acontecimiento para resaltar el peso específico de tal o cual decisión, imprimirle a la voluntad de un dirigente un sesgo excepcional o reducirlo a una suerte de equivalencia que lo vuelve intercambiable con otros personajes de su tiempo son, como el lector comprenderá, algunos de los ejes de estos debates interminables que han jalonado la historia argentina (y universal, para utilizar un viejo concepto hegeliano ya en desuso). Cuando esos debates se circunscriben a un período demasiado cercano al presente, la dilucidación de su “verdad histórica” constituye un complejo y grave acontecimiento político que, poco y nada, tiene que ver con el concepto de “objetividad” y, mucho menos, con el de “neutralidad”. La potencia de lo acontecido, su materialidad que es algo más que lenguaje aunque siempre lo siga siendo cuando se vuelve objeto de interpretación, no proviene, como si fuese un maestro de la prestidigitación o un soñador de ficciones, de la imaginación del historiador pero, y de eso también se trata, su manera de citarlo, su subjetividad interpretativa y los condicionamientos de su propia realidad, se ponen en juego alterando lo que ya ha sido irremediablemente colocado en el interior de la disputa por el relato. Pero así como no hay hermenéutica virtuosamente objetiva tampoco existe algo así como una realidad cristalina ni mucho menos procesos históricos en estado de pureza y alejados del barro de la vida.

Se ha discutido, y se lo seguirá haciendo con intensidad y apasionamiento, alrededor del núcleo de inflexión o el punto de origen de este momento clave de la vida nacional que, a grandes rasgos, lleva la impronta del kirchnerismo, entendiendo que la precisión conceptual política, que es también ideológica, respecto al momento del giro histórico y a los valores puestos en juego por tal o cual proyecto constituyen ingredientes sin los que resulta muy difícil, por no decir imposible, darle una fisonomía precisa a lo que, en nuestro caso, viene aconteciendo en el país. Ciertos debates que podrían resultar ociosos –en especial para aquellos que prefieren la lógica pragmática de los gerenciamientos administrativos “neutrales” a la revisión teórico-ideológica de lo previamente establecido o para quienes se congratulan de no “quedar fijados en el pasado” porque su preocupación es el futuro– constituyen, desde otra mirada, la clave para dirimir el momento preciso en el que la Argentina inició el abandono de la hegemonía neoliberal para aventurarse por otra territorialidad radicalmente distinta a la que predominó bajo los auspicios imperiales del FMI, el Banco Mundial, el consenso de Washington y los grupos económico concentrados de prosapia autóctona pero absolutamente entramados con los intereses transnacionales. Volviendo a citar, apenas a la pasada, a Hegel, siempre es bueno recordar que “todas las vacas son pardas en la noche”, en especial cuando lo que se busca es oscurecer la significación de un cierto pasado que nos ha marcado a fuego.

No resulta para nada equivalente, aunque haya quienes se afanan por hacerlo, retroceder en el tiempo al momento duhaldista –aliado estratégico de algunos de esos grupos concentrados que estaban sustancialmente necesitados de la devaluación y de la salida de la convertibilidad– que destacar la condición de ruptura imprevista que Néstor Kirchner le dio, desde el mismo inicio, a su gobierno enhebrando, como antes no se lo había hecho, política de derechos humanos y reconstrucción económico-social de un país devastado en ambos sentidos. Y esto no implica dejar de lado el carácter muchas veces embarrado de la realidad y de sus indescifrables ondulaciones que fuerza, a quien asume el timón en un tiempo de tempestades, a la búsqueda de acuerdos incluso con quienes luego se convertirán en sus más enconados adversarios (en todo caso, sólo la perspectiva que da la evolución de los acontecimientos y la evidencia del hacia dónde son las que marcan si un proyecto político es más de lo mismo o es el punto de partida de una genuina inflexión histórica. En esto radica una de las querellas centrales respecto a la caracterización que se hace del kirchnerismo). Tampoco resulta indiferente, siguiendo este análisis, la caracterización que se haga del fin de la Alianza y de la crisis del 2001. En otra de estas columnas me he detenido en el análisis de ese momento parteaguas de la historia argentina contemporánea.

Para algunos (en un arco que va desde el periodista Carlos Pagni, dedicado últimamente a psicoanalizar lo que él llama la “izquierda kirchnerista”, pasando por connotados dirigentes empresariales y que incluso abarca a compañeros de viaje del gobierno y a la mayor parte del arco político opositor) hay que otorgarle los méritos decisivos al duhaldismo y a su “intervención heroica” en momentos en que el país se incendiaba, hasta el punto de que sin “la devaluación y el colchón cambiario” todo lo que vino después (léase el gobierno de Néstor Kirchner) hubiera sido inimaginable, una suerte de quimera imposible ya que no hubieran estado dadas las condiciones macroeconómicas, facilitadas por la devaluación asimétrica y el aumento exponencial de los commodities –léase de la soja–, sin las que nada se hubiera podido hacer. A eso lo han llamado, con poca originalidad, “el viento de cola”. En otra época en la que cristalizaron algunos de los prejuicios más inconmovibles de la vida argentina se redujo la experiencia distribucionista y el afán industrializador y bienestarista del primer peronismo a que “el Banco Central estaba lleno de lingotes de oro”. Cuando ya no quedó ninguno de los lingotes que colmaban hasta los pasillos de la entidad bancaria todo se deshizo como un castillo de arena.

Néstor Kirchner, discípulo aventajado de Duhalde, no hizo otra cosa, de acuerdo a estos intérpretes –que van de la derecha a la izquierda del arco político-ideológico– que continuar por la misma senda fijada por los grandes grupos económicos y aprovechando, con audacia y cinismo, ese “viento de cola” que posibilitó el “milagro” del crecimiento a tasas chinas durante los últimos 8 años. Claro que sin Duhalde y sus mentores nada de todo esto siquiera hubiese sido realizable. La operación es clara y supone invalidar o al menos limitar el reconocimiento de lo específico de un proyecto político que vino a modificar las relaciones de poder en el país como no se hacía desde mediados de los años cuarenta cuando algo nuevo rompió la estructura de la dominación modificando de cuajo el devenir de la historia nacional. El kirchnerismo, y esto más allá de su alocada e imprevista irrupción en la escena argentina, hizo girar radicalmente el orden de los factores hasta enfrentarse decididamente al contenido ideológico (un desarrollismo de derecha y para nada cuestionador del orden económico mundial) del que fue portador el duhaldismo y quienes, todavía hoy, se muestran como sus acérrimos defensores. Una alquimia de voluntad, convicción, memoria, fidelidad, invención política, oportunidad y azar y la propia densidad de los acontecimientos fueron, entre otros, los componentes de una historia que se fue encontrando a sí misma en el discurrir laberíntico de una época que permitió reescribir, hacia atrás y hacia adelante, el relato, siempre complejo, de nuestras vicisitudes nacionales y latinoamericanas. El kirchnerismo fue el nombre de esa nueva y vieja escritura que, por eso mismo, no es reducible ni asimilable, como mera continuidad sin conmociones ni descubrimientos, al peronismo. Ni constituye, tampoco y como algunos sostienen, un relato monolingüe y univalente de la actualidad ni de su origen. La lengua de lo que lleva el nombre de kirchnerismo se ha constituido en la diversidad y la confluencia de voces, experiencias, resistencias, tradiciones y escrituras de ese largo itinerario de la subalternidad que hoy vuelve, con sus idas y contramarchas, a disputar poder y relato en un país que ya parecía olvidado de que eso era posible.

Estas interpretaciones –que tienen sus matices– apuntan a cuestionar lo que algunos llaman “el relato mítico” a través del cual el kirchnerismo acabó fundando su radical novedad en la historia argentina (un relato, eso dicen, que busca, intencionada y astutamente, invisibilizar el proceso complejo y decisivo que va del estallido de diciembre de 2001 a la llegada de Kirchner al gobierno). Para la derecha liberal-conservadora resulta importante restarle méritos a un proyecto que ha generado una inflexión aguda en el derrotero de la vida político-económica sacando al país, por primera vez en décadas, de la hegemonía del liberal-capitalismo financiero que impuso sus durísimas condiciones, casi sin adversarios de fuste, desde el año ’76 en adelante. Pero, de igual modo, para un cierto sector gran-industrial, unido a intereses financieros y mediáticos, es importante encubrir el peso específico de la recuperación de la política (lo propio de la impronta del kirchnerismo) destacando, como clave de bóveda de todo el ciclo histórico, la matriz económica forjada por Duhalde y Lavagna de la que lo que vino después no habría sido sino una continuación encubierta e ideologizada. De ahí el persistente retorno de la idea de “consenso” versus la lógica confrontativa que dominó la vida nacional al menos desde la contienda con la Mesa de Enlace. Para estos sectores el tiempo excepcional del kirchnerismo hace rato que ya se cumplió.

El economista Guillermo Wierzba señala, con agudeza, que detrás de esa interpretación, para nada ingenua, está, una vez más, la “amenaza del retorno de los agentes de los grupos económicos locales al poder político, destituyendo la autonomía de la política respecto al poder económico”. Existe una notable diferencia entre datar el inicio de un nuevo ciclo en el 2001 o hacerlo en el 2003 sin desconocer, si la segunda fuera la opción elegida, los elementos transicionales que se dieron a lo largo de esos turbulentos años. De igual modo nunca da lo mismo quiénes han sido los ganadores y quiénes los perdedores de un determinado momento histórico. “El consenso que las nuevas derechas buscan imponer republicanamente –escribió con notable perspicacia histórica Nicolás Casullo– expulsa cualquier otra historia o sujeto político otro, con respecto a una única lógica democrática, lógica que hoy se ofrece como reaseguro de un mundo sitiado por demasiados ‘extranjeros’ o deportados de ese propio mundo de ‘calidad institucional’ guardada en un country. El modelo de la república liberal tardomoderna permite entonces excluir, ilegitimar, destituir (odiar sin culpa, odiar con o sin conciencia, desde una ‘neoinocencia’ política) lo que debería ser admitido en cambio como un enfrentamiento de intereses nacionales y de clases en un escenario histórico de permanentes litigios sociales”. ¿Alguien tiene alguna duda de que Casullo está hablando de Argentina y de lo que suscitó, como portador de escándalo, el kirchnerismo?
Siguiendo esta argumentación están aquellos que destacan la dimensión rupturista de lo inaugurado en mayo de 2003; una dimensión que hizo pie, fundamentalmente, en la reconstrucción de la política como herramienta indispensable a la hora de revisar con potencia decisoria la matriz ideológica predominante en la vida argentina al menos desde la dictadura en adelante. El kirchnerismo es concebido, desde esta perspectiva, no como un garante, en épocas de crisis y turbulencias, de la estabilidad institucional y, finalmente, de la perpetuación del poder de los grandes grupos económicos (incluso de aquellos que hoy se colocan en el andarivel neodesarrollista), sino como el punto de giro, y esto pensado en términos de ruptura, de una nueva realidad política, económica, social y cultural.

Lejos de cualquier argumento basado en el recurso a la “impostura” (que suele ser utilizado a mansalva y sin mediaciones ni matices por los críticos “por izquierda”), lo que se plantea es la originalidad del kirchnerismo como portador de una nueva etapa de la vida argentina en la que la construcción de un relato fundador constituye una parte no menor de su despliegue y de su propia legitimidad. Un relato que no es el resultado, avieso y astuto, de la capacidad mitologizante de Néstor y Cristina Kirchner, sino la puesta en lenguaje de una decisiva transformación de la realidad histórica que, entre otras cosas, vino a refundar la centralidad de la política y a explicitar, en términos materiales y discursivos, la contundencia de lo ideológico como centro indisimulable de lo que se disputa en nuestro país. Por primera vez después de muchísimo tiempo (tal vez algo se intentó en los primeros años de la transición democrática) se volvió a estar en condiciones de dar una batalla no meramente retórica al poder dominante de esta época del mundo que, como bien dijera Cristina en el encuentro del G-20, sigue hegemonizada por el anarco-capitalismo financiero. El kirchnerismo, y esto más allá o más acá de la densidad y de los límites de la propia realidad y aceptando el enlodamiento de lo que se juega en la historia, se ha constituido como lo anómalo de esta actualidad argentina.